domingo, 17 de mayo de 2015

Herencia, memoria y tributo a la diáspora africana en Colombia (2) Delia Zapata Olivella

La voz del cuerpo africano

Delia Zapata Olivella nació en Lórica (Córdoba) el 1 de abril de 1926 y murió en Bogotá, en su palenque del barrio La Candelaria el 24 de mayo de 2001.

Bailarina, folklorista, investigadora y difusora de las danzas del Caribe y el Pacífico colombiano.  Profesora de las Universidades Nacional y Central. Su hija, Edelmira Massa Zapata, sigue la tradición de su madre, quien desde 1954 se radicó en Bogotá.

Su trascendencia se ubica en el campo de los estudios etnológicos sobre el folclór nacional, cuyos principales aportes se recogen en sus producciondes escritas y divulgadas durante la segunda mitad del siglo XX en la Revista Colombiana del Folclor; y en segundo lugar, el centenar de piezas coreográficas que produjo para el mundo de la danza en Colombia, con las cuales hizo posible los montajes de tradiciones ancestrales de raíz indígena, africana, que mezcladas con la hispanidad, dieron existencia a ritmos como la contradanza chocoana o el joropo. 











Herencia, memoria y tributo a la diáspora africana en Colombia (1) Don Rogerio Velásquez Murillo


 El etnólogo de la negredumbre


Durante el gobierno liberal de los años treinta del siglo XX tuvo lugar una importante reforma educativa que llevó a la modernización de las Facultades de Educación y la renovación en los planes de estudios y los enfoques de carácter más cientificista. En este contexto durante el mandato del presidente Eduardo Santos se  creó en 1931 la Escuela Normal Superior (E.N.S.) con el fin de preparar profesionales o normalistas en diferentes aéreas para educar en las distintas regiones del país. LA ENS constituye al decir de autores como Herrera (1994)  el proyecto moderno de las ciencias sociales en Colombia, pues en su seno se produjo la emergencia de expertos como Antonio García, Rafael Maya, Gregorio Hernández de Alba, Jaime Jaramillo Uribe, Virginia Gutiérrez y Aquiles Escalante, quienes posteriormente se destacaron como grandes cientistas sociales en Colombia. 
Posteriormente, como consecuencia de este devenir de las ciencias sociales, tiene lugar la creación del primer Instituto Etnológico Nacional en 1941, adscrito a la Escuela Normal Superior, en el cual tuvo una gran injerencia Paul Rivet, junto a la prominente figura de Gerardo Reichel-Dolmatoff. Luego en 1946 surgió el Instituto Etnológico del Cauca, y en abril de 1946,  don Rogerio Velásquez Murillo ingresó como estudiante, siendo el primer y único negro chocoano que hizo parte de la generación fundante de la etnología universitaria en el suroccidente colombiano (Caicedo, 2012). El plan de formación al que se sometió incluía dos años de estudios en las siguientes áreas:

…introducción a las culturas humanas, introducción a la antropología física, lingüística descriptiva, bibliografía, museología y métodos de arqueología durante el primer año; teorías de etnología, problemas de la antropología física, lingüística histórica e interpretativa, pueblos y culturas de Colombia, pueblos y culturas de América, introducción a la historia americana, arqueología del viejo mundo, durante el segundo año. Además de estas materias los estudiantes tenían cursos prácticos de fotografía y cinematografía y participaban en los estudios de lenguas  establecidos por la Universidad. Para obtener el grado requerían haber aprobado los dos años de estudio, ser bachiller o maestro superior graduado y haber demostrado competencia en los trabajos de terreno. Los medios de estudio con que contaban los estudiantes eran las bibliotecas de la universidad, del instituto y de los profesores, laboratorios  universitarios, la sección de archivos históricos de la universidad del Cauca y del gobierno departamental y los museos. Para las prácticas de antropometría tenían un  hospital y cuarteles, para las excursiones contaban con un carro enviado por el Smithsonian Institution y en las vacaciones realizaban estudios en el Parque Arqueológico Nacional de Tierradentro, en la región de Guambia y en otros lugares de importancia arqueológica y etnológica (Perry 2006: 70).

Bibliografía

Álvarez Alejandro
2007    Ciencias sociales, escuela y nación: Colombia 1930-1960. Tesis Doctoral, Madrid-España, Universidad Nacional de Educación a Distancia, Mimeo.

Caicedo, Ortiz Jose A.
2012  A mano alzada. Memoria escrita de la diáspora intelectual afrocolombiana, Popayán, Sentipensar Editores

Herrera Martha Cecilia y Low Carlos
1994    Los intelectuales y el despertar cultural del siglo. El caso de la Escuela Normal Superior, una historia reciente y olvidada, Bogotá, Universidad Pedagógica.
 
Perry Posada Jimena
2006    Caminos de la antropología en Colombia, Gregorio Hernández de Alba, Bogotá, Universidad de los Andes, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Antropología, Centro de Estudios Sociales e Internacionales, Ediciones Uniandes.







A propósito de abril "Mes de la Niñez"


Saberes pedagógicos, consejos de crianza, juguetes, literatura, pedagogías, cartillas, lugares y formas de enseñanza, creadas desde diversas sensibilidades y culturas para cuidar y educar nuestras infancias.
En 1979, en Villa Rica (Cauca) se creó la primera CASITA DE NIÑOS como una propuesta para el nivel preescolar de comunidades negras.
En 1987 el Consejo Regional Indígena del Cauca diseñó la primera cartilla de aprestamiento para niñas y niños indígenas y bilingües en Colombia.
En el año de 1989 fue creada la Asociación Casita de Niños, como una respuesta a la problemática que se estaba presentando con los niños y niñas afrocolombianos de de las comunidades rurales de Quinamayo, La Balsa en el municipio de Buenos Aires y San Nicolás en el municipio de Caloto.

Lecciones sobre nuestra compleja pluralidad de saberes y prácticas de crianza, que ojala algún día hagan parte de los planes de estudios de todas las licenciaturas, para enriquecer la mirada de los y las docentes en formación.
En el Cauca, Jamundí, Guapi, Silvia y las Casas de Pensamiento en Bogotá, contamos con un abanico maravilloso de saberes y prácticas educadoras de las cuales podemos aprender mucho.
Agradecimiento y reconocimiento para algunos de los equipos y las personas gestores de estas experiencias en Cauca y Bogotá.
El equipo pedagógico del CRIC, la Casa del Niño de Villarica y la Asociación Casita de Niños.
A las gestoras y fundadores Antonia Agreda, Catalina Tunubalá, Sor Inés Larrahondo y Ari Aragón.
A las maestras Ana Milena Loaiza, Clara Yopasá, Danit Torres, Dinah Orozco y María Isabel Mena por acrecentar la apuesta a Bogotá.
A nuestra querida escritora Mary Grueso Romero por darnos motivos literarios para niñas y niños..
Al grupo de creadores y creadoras de juguetes etnoeducativos de Silvia (2014), por su generoso aporte a este camino.










Derek Walcott

"Soy sólo un negro al que le gusta el mar,
Tuve una sólida educación colonial,
Llevo en mí holandés, negro e inglés,
Y soy o bien nadie, o bien un país entero"...

Derek Walcott  (Santa Lucía, 1930)
Premio Nobel de Literatura,  1992

lunes, 27 de abril de 2015

Literatura y marimba Guapireñas en la Feria del Libro




Elizabeth Castillo Guzmán
Bogotá, abril 24 de 2015



José Antonio Torres Solís conocido como “Gualajo” es un creador de tradiciones de  marimba y uno de los mayores intérpretes del piano de la selva que actualmente tenemos en Colombia. Su majestuosa originalidad y fervor como músico durante siete décadas, le hizo merecedor en el año 2013 del Premio Nacional Vida y Obra que el Ministerio de Cultura concede a quienes con su trabajo tesonero honran el campo de las expresiones estéticas y artísticas de nuestro país.

Con sus nombres y con su historia se publicó el libro “El Hombre de las Marimbas Encantadas”, de autoría de Alfredo Vanín Romero, y novedad editorial en la Feria Internacional del Libro que transcurre por estos días en Bogotá.

“El Hombre de las Marimbas Encantadas” contiene ciento veintitrés páginas impresas en fino papel y  en una calidad digna de las obras de arte, cuya prosa en la pluma maravillosa de Vanín,  nos  lleva por la biografía de un hombre nacido y labrado en una marimba de chonta, cuya pobreza solo le hizo más altivo y más humano en su paso por el tiempo y en su oficio de hacer música para encantar al mundo.

Cada apartado de este relato biográfico es un trozo de poesía y literatura, que se trenzan y  acompasan con las imágenes entrañables de Gualajo y sus rincones de vida cotidiana. Textos  que constituyen en su conjunto una pieza notable en la cual dos guapireños, músico y escritor cada quien, fundan un compadrazgo de partituras y metáforas sobre ese noble arte de esculpir la memoria cultural del pacífico afrocolombiano.

Vanín dice que el maestro Guajalo es un viajero de las “marimbas pensatónicas”, y de este modo resalta su condición de nómada de los ríos, de perseguidor de los sonidos que sobrevivieron al cambio de siglo, de ser ombligado en tiempos memorables de balsadas, tabaco y puja.

El pez marimbero como lo ha bautizado Vanín, hijo de Rogelia y José, fue parido el último día de 1939 en la vereda de Sansón, municipio de Guapi. A los quince años fabricó su primera marimba para nunca más separarse de sus tacos y sus tablillas, y forjar una trayectoria como creador e intérprete, que le hace dueño de un aplauso perpetuo en  el Festival de Música del Pacífico “Petronio Álvarez” y referente obligado en la historia de este género musical que hoy le da la vuelta al mundo.

“Gualajo” lleva 75 años de alegrías, penas, inspiraciones terrenales y avatares entres sus manos. Sesenta diciembres completa de convivencia con la marimba, en una unión libre e inquebrantable que conoce todos sus secretos, y de vez en cuando los vuelve tonadas y motivos de bambucos viejos, currulaos,  y bundes. Su álbum de recuerdos incluye viajes a varios países de Europa y parte de América Latina con su maleta de composiciones que sabe de memoria, y que él mismo ha enseñado a sus jóvenes discípulos.
 
Con una delicadeza sonora, la escritura del maestro Alfredo Vanín celebra la existencia amorosa de Jose Antonio Torres, y su trasegar como hijo de dos continentes que palpitan en su piel de ébano, sus ecos de infancia en el río y sus arrugas de  felicidad.

Guapi esa tierra de poetas y escritoras de renombre, de artistas y salvaguardas de la palabra, de historias que estremecen los telenoticieros, y abandonos que cuestionan el poder de los poderosos; hoy nos ofrece una razón para enaltecer su existencia grandiosa con las voces de Jose Antonio Torres y Alfredo Vanín, en este concierto de  Marimba y Literatura Afropacífica.

Hay un motivo en la Feria Internacional de Libro para recordar la grandeza que proviene del “litoral recóndito” que sobrevive y se reinventa a espaldas de las montañas del Cauca.


“En su última salida al exterior, al Encuentro Mundial de Marimbistas, en Chiapas, en el año 2012, el maestro Gualajo mostró el esplendor de su sencillez al presentarse con una marimba artesanal que cautivó al público, mientras los representantes de Canadá, Estados Unidos, México y Japón llegaron con marimbas industriales (la de Japón era un instrumento sofisticado, producido por la Yamaha)” Fragmento: Jose Antonio Torres Solís “Gualajo”. El Hombre de las marimbas encantadas, Alfredo Vanín, 2014.


 https://www.youtube.com/watch?v=9EVu2eM_DSM

 http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-3930474

http://www.elespectador.com/impreso/cultura/cultura/articuloimpreso-el-pianista-de-selva





viernes, 10 de abril de 2015

Las literaturas del 9 de abril



“El día del odio” en nuestra literatura

Elizabeth Castillo Guzmán

“Cuando Tránsito estuvo en edad de servir, a los quince años, su madre la condujo a la ciudad para colocarla en alguna casa. No sólo dejaría de ser gravosa para su familia, de labriegos humildes, sino que ayudaría con su salario a reparar las pérdidas que las heladas o el verano causaban en la pequeña sementera de dos hectáreas”  
Este párrafo inaugura la magistral novela “El día del odio” escrita en 1952 por Jose Antonio Osorio Lizarazo, para narrar la génesis de la violencia que tuvo lugar antes del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. El valor histórico y literario de esta obra reside en que da cuenta de una época signada por el desprecio hacia el pueblo o “chusma” -como se decía entonces para referirse a la gente más humilde- y demuestra que el gaitanismo más que un fenómeno partidista, fungió como ideología entre una muchedumbre sentenciada a la marginalidad perpetua por el sistema de castas imperante en ese entonces. Los gaitanistas eran ese mismo “populacho” descendiente de los soldados de los ejércitos libertadores de Bolívar, que con el paso del tiempo se convirtieron en “el pueblo”.
Tránsito la protagonista de la novela, es una campesina convertida en sirvienta para una familia bogotana en decadencia económica. “Esa india” como se denominaba a la empleada doméstica, debe enfrentar sucesos dramáticos de maltrato por su condición cultural y de clase. Inculpada injustamente como ladrona,  Tránsito es arrojada al agresivo mundo callejero bogotano donde la rabia se domaba con una jerga política que daba esperanza a los más humildes y condenaba a los ricachones. A finales de los años cuarenta en esta ciudad confluían por sus calles adoquinadas los cachacos ilustrados y finamente vestidos, los  campesinos migrantes y de ruana, las mujeres envejecidas en sus pañolones de pobreza y hambre, y las gentes creyentes que rezaban para que el siguiente día hubiera que comer.
 “El Día del Odio” contiene grandes lecciones sobre nuestra historia política y social reciente, pero sobretodo recoge la memoria, la mentalidad y el lenguaje de un tiempo signado por la falsa ilusión de un progreso a usanza europea, que llevó a delinear una reducida nación moderna, de cuyo mapa quedó excluida la mayoría de la población. Los personajes de esta novela y sus historias cruzadas, descubren la condición humana al interior de una sociedad tremendamente desigual, cuya redención idealizada viene de la figura y oratoria castiza de un líder carismático, reconocido como “hijo del pueblo” y apodado “el negro Gaitán”.
Las lecciones del 9 de abril de 1948 requieren muchos días y muchas horas de reflexión, sobre todo si el propósito es comprender para no repetir el oscuro período de violencia e intolerancia política del siglo reciente. La trascendental tarea de enseñar críticamente a las generaciones más jóvenes esta larga travesía, podría lograrse mejor si conocemos a fondo los hechos y no solo la anécdota. Para ello contamos con un patrimonio literario diverso en géneros y estéticas.
Esta literatura de los muchos “día del odio” constituye un variado campo de novelas, cuentos, crónicas periodísticas y obras de teatro. Algunas privilegian la voz de las víctimas, su psicología; otras el perfil de los victimarios, la naturaleza de las múltiples violencias sean estas legales e ilegales, o las formas de resistirlas.   
Cóndores no entierran todos los días (1971) de Gustavo Álvarez Gardeazábal; El Cristo de espaldas (1952) y Siervo sin tierra (1954) de Eduardo Caballero Calderón; El día del odio (1952) de José A. Osorio Lizarazo, La selva y la lluvia (1958) de Arnoldo Palacios;  Viernes 9 (1953) de Ignacio Gómez Dávila, La Calle 10 de Manuel Zapata Olivella (1960), Estaba la pájara pinta sentada en su verde limón (1975) de Alba Lucía Ángel, El cadáver insepulto (2005) de Arturo Alape y  El incendio de abril (2012) de Miguel Torres, son algunas de las más notables piezas de este archivo literario. Ojalá algunas de estas obras sean parte del plan de lectura de nuestras instituciones educativas, pues la tarea consiste en comprender cómo y porqué razones se produjo esta violencia histórica entre nosotros, para vislumbrar el camino de la no repetición.


domingo, 22 de marzo de 2015

El espejo del 21 de marzo



El espejo del 21 de marzo
                                                        Elizabeth Castillo Guzmán
Marzo 22 de 2015

Lady Johanna tiene catorce años, es afrodescendiente y vive en Bogotá, en un inquilinato en la zona de Bosa. Su familia salió desplazada en el 2009 del alto Baudó, Choco. No tuvieron tiempo de nada, solo empacaron lo que pudieron y salieron a buscar en la gran ciudad una segunda oportunidad. Ahora tienen como pagar una pieza y darle de comer a cinco bocas. Lady estudia en un colegio distrital a media hora de su casa. Está aburrida porque no  tiene amigos, porque no tiene plata para pagar un alisado de pelo que cuesta 12.000 en una sala de belleza. Lady cree que su pelo crespo y ensortijado es un problema, que es más bonito el pelo alisado, que de ese modo las muchachas no parecen tan “negras”.

La historia de Lady es una de cientos de las que se viven diariamente en nuestro país y que expresan la ideología de una sociedad que ha construido en su paso por el tiempo unos cánones sobre la belleza, la fealdad y el valor de las personas según su raza o su tono de su piel. Las estadísticas no mienten,  Francisco Santos en el 2009, siendo vicepresidente, reconoció que en Colombia se discrimina a las personas por su condición racial, cuando se trata de seleccionar candidatos o candidatas para un empleo.

Este 21 de marzo se conmemoraron 55 años de la masacre de Sharpeville,  ocurrida durante una protesta pacífica contra una de las tantas normas que el apartheid sudafricano impuso durante su oscuro período de racismo de Estado. En 1966 la ONU declaró esta fecha como el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial.

El 21 de marzo no es un día festivo ni un motivo de celebración, es más bien una marca en el medidor del tiempo para caer en cuenta de las tremendas consecuencias que el racismo ha producido en nuestras sociedades.

El racismo es una palabra fuerte e incómoda, es un sonido que retrotrae una larga e inaceptable historia de inmoralidades cometidas durante más de dos siglos en tierras colonizadas con la doctrina católica. Seguramente por esa razón casi todos y todas sabemos de algún modo, que ser “racista” es algo moralmente reprochable, sobre todo porque su origen reside en la perversa idea de la superioridad racial, idea reprochable hoy día, pero que sirvió para justificar el secuestro y la trata comercial de millones de personas africanas, así como su inhumana explotación para producir casi toda la riqueza del período colonial que podemos constatar en el patrimonio cultural de ciudades como Cartagena y Popayán, por ejemplo.

El racismo, el de antes y el de ahora nos ha empobrecido en muchos sentidos. Ha impedido en América Latina, con una población de 300 millones de afrodescendientes, configurar procesos identitarios más ricos y experiencias políticas más plurales, y nos ha extraviado en los espejos de una herencia europea añorada y escurridiza.

Las razones que llevaron a las Naciones Unidas a declarar el 21 de marzo como “Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial” constituyen una sombra reciente. Si bien es cierto Colombia es una nación que se ha declarado democrática y respetuosa de la diversidad étnica y cultural, en materia de indicadores de calidad de vida pareciera que venimos de un largo apartheid. Los mayores índices de pobreza y analfabetismo se concentran entre las poblaciones afrodescendientes, y más específicamente en el ámbito de las mujeres. De cada 10 personas en situación de desplazamiento, 3 son de origen afrocolombiano, pero de cada 100 universitarios solo una persona pertenece a este grupo poblacional. Estas cifras demuestran que estamos lejos de la igualdad de oportunidades, y que la asimetría que se produjo durante la etapa de esclavización y ausencia total de derechos civiles, todavía no ha sido resuelta.

Quienes laboramos en el sistema educativo podemos promover actos cotidianos de reparación moral  que reviertan el poder del chiste, el apodo o la burla que inferioriza a las personas por su condición racial y cultural. También tenemos la autoridad del saber para dignificar por medio de la enseñanza, a quienes han sido invisibles y estereotipados en la historia escolar.