domingo, 7 de junio de 2015

El Luto del Credo



En El Credo no había escuela, ni colegio, ni dada. Al igual que en muchas otras comunidades indígenas del norte del Cauca, la educación de los niños y las niñas no era un problema del estado, al menos así lo parecía. Fue entonces que la comunidad y su cabildo crearon su propia escuela. Este proceso recibió el apoyo del Consejo Regional Indígena del Cauca, organización concebida en la vereda El Credo a finales del 70 y fundada formalmente en Toribío en 1971 en el marco de una asamblea que dio a conocer al país unos derechos que andaban embolatados desde el siglo XIX. El Credo es también el territorio donde se realizó la primera recuperación de tierras del resguardo de Huellas, Caloto.

En El Credo lograron la educación media cuando en el 2008 su escuela se convirtió en la Institución Agropecuaria Etnoeducativa,  gracias al trabajo pedagógico de sus maestros y a la gestión del CRIC. A finales del 2012 se graduaron sus primeros bachilleres, vestidos de capisayo y sombrero de caña encintado de verde y rojo.

Fue una emotiva ceremonia encabezada por el Cabildo y ofrecida como tributo a la memoria de Maryi Vanessa Coicue Coicue, una estudiante de 11 años de edad quién falleció víctima de una bomba detonada en medio de enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército el 16 de septiembre del 2011.

Los primeros bachilleres de la comunidad del Credo representan la recompensa a una larga batalla cuyos logros fueron posibles a pesar de algunas autoridades educativas que no veían con buenos ojos que los indígenas orientaran sus procesos escolares y formaran sus maestros. En la memoria de muchos docentes y líderes, reposan recuerdos de jefes de núcleo y funcionarios que rechazaban cualquier idea educativa proveniente del CRIC o de los cabildos, y que hicieron más difícil la creación de la educación propia en algunos resguardos. Sin embargo, a fuerza de trabajo cotidiano en las aulas, en las parcelas y en el Cabildo, comunidades como El Credo han podido sacar adelante su idea de una educación que sirva para un mejor vivir.

Desde su fundación en 1971, el CRIC es un protagonista de primera línea de la historia del suroccidente colombiano, dados los importantes acontecimientos que ha producido en materia educativa, territorial y de derechos para las comunidades indígenas. Desde entonces, y durante más de 40 años,  líderes, maestras, docentes, comuneros y colaboradores no indígenas, han pagado con su vida el costo de trabajar con el CRIC, pues primero con la represión y luego con el conflicto armado, la violencia ha acosado siempre los territorios de este movimiento indígena.

El 2 de septiembre de 2014 fue asesinado el profesor Joaquín Gómez Muñoz quien orientaba pensamiento matemático en la institución educativa del Credo. De nuevo se enlutó esta comunidad cuyo nombre hace honor a su capacidad de seguir construyendo en medio de la guerra que los acorrala desde hace décadas y les arrebata la vida.

El trabajo colectivo y permanente de la comunidad del Credo, sus maestros, su cabildo y sus mayores son un ejemplo de historia política y educativa, por la cual el Consejo Regional Indígena del Cauca se hizo merecedor en el 2014 del Premio Nacional de Derechos Humanos a Toda Una Vida.

Son cuatro largas décadas siguiendo los pasos y el  camino forjado por don Manuel Quintín Lame, ese intelectual nasa de los años veinte quien dejó una lección dignificadora y ancestral sobre la lucha política, que el CRIC y sus comunidades supieron recoger y llevar al terreno de los derechos de los pueblos indígenas.

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Herencia Africana en el Cauca



El 21 de mayo de 1851 se declaró ilegal la esclavitud. En el 2011, la ministra de Cultura Paula Marcela Mosquera decretó el mes de mayo como Mes de la Herencia Africana.
De la mano de una afrocaucana surgió esta propuesta que para el común de la gente puede significar muchas cosas, incluso que el 21 de mayo es para felicitar a los afrocolombianos por su afrocolombianidad. 

En estos territorios de lo que otrora fuera el Gran Estado del Cauca, la herencia africana es un rasgo constitutivo de la vida cotidiana. La presencia de africanos y africanas en haciendas, plantaciones y casas de familia durante el largo período colonial, impregnó con sus marcaciones espirituales, simbólicas y culturales la gastronomía, las pautas de crianza, el modo de hablar, las formas estéticas y musicales, las maneras de habitar los cuerpos, de cultivar algunas plantas e incluso las prácticas católicas de las gentes con quienes convivieron. En la vida republicana -de grandes tensiones entre antiguos esclavistas y  abolicionistas- el devenir político estuvo influido por las ideas de quienes -ahora en condición de hombres libres- escribían y daban oratoria en partidos y directorios locales.

La herencia africana en el Cauca es un complejo fenómeno parecido al palimpsesto, esa escritura antigua sobre la cual se vuelve una y otra vez, y rehecha tantas veces que llega un momento en el cual es difícil reconocer sus trazos originales. Nuestra vida política, económica y cultural está signada por los pasos en el tiempo de cientos de hombres y mujeres afrodescendientes, por su presencia diferenciada de norte a sur del departamento, por su africanía diversa y dispersa.
En el norte del Cauca líderes políticos como Jose Cinecio Mina, Natanael Díaz, Marino Viveros y Sabas Casarán a principios del siglo XX, lucharon y denunciaron los problemas de la región y algunos desde el parlamento trascendieron en la arena nacional. Sus rostros recogidos en antiguos retratos ya maltrechos, son parte del “Museo de la Afrocolombianidad” que anualmente se revive en el Colegio San Pedro Claver de Puerto Tejada, como un proyecto etnoeducativo del docente Hermes Carabalí para cultivar la memoria de las nuevas generaciones.
En la costa Pacífica, la pluma y la voz de Sofonías Yacup dio a conocer al país en 1934 su libro Litoral Recóndito, una tremenda y extensa metáfora referida a la situación de abandono y marginalidad de esta región y una lectura totalmente vigente sobre el destino de sus comunidades.

En 1947 el instituto etnológico de la Universidad del Cauca dirigido por el ilustre Gregorio Hernández de Alba recibió en sus claustros al chocoano Rogerio Velásquez, quien fuera el primer etnólogo negro de la Colombia de mediados del siglo pasado.

Los logros de intelectuales, líderes y artistas como Mary Grueso Romero y su poesía afrocolombiana; María Dolores Grueso y sus proyectos de la pedagogía de la corridez en el Valle del Patía; Sor Inés Larrahondo y su liderazgo en el proyecto Casita de Niños en La Balsa; las cantaoras del Patía;  los violinistas del norte y sur del Cauca en el Petronio Álvarez; el grupo Herencia de Timbiquí y su premio Gaviota de Oro; Hugo Candelario González y su marimba de chonta; Alfredo Vanín y su novela premio Jorge Isaac, son solo una muestra de la grandiosa herencia africana que habita los territorios del Cauca y nos hace trascender en materia cultural.

Estos son suficientes motivos para reconocer la dignidad de la afrocolombianidad y abandonar el viejo y obsoleto racismo.
Son suficientes razones para limpiar las sombras identitarias de nuestro espejo retrovisor y reconocernos sin complejos.

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30 años de Casita de Niños, educación desde la cultura



Cuando la expansión cañera comenzó sus estragos en el norte del Cauca, por allá a finales de los años ochenta del siglo pasado, muchas familias de comunidades negras deslumbradas por el espejismo del “progreso” en Cali, vendieron sus tierras a los ingenios y perdieron el sustento de la agricultura. Poco a poco cientos de ellos y ellas terminaron como corteros en lo que fueran sus antiguos sembríos de plátano y cacao, o como domésticas en la gran ciudad. Esta situación produjo dramáticos cambios en las formas de vida de las poblaciones circundantes a la “mancha verde”.  Los núcleos familiares se desarticulaban con la migración producida por el cambio en la economía campesina, y muchas mujeres ya no podían asumir las tareas del cuidado y crianza de sus hijos, pues se habían convertido en mano de obra del norte del Cauca. Tampoco se contaba con una oferta institucional que atendiera las necesidades de protección y educación de menores de cinco años que no estaban en edad de asistir a la escuela.
 
Ante este crudo panorama el grupo comunitario de La Balsa en el municipio de Buenos Aires- Cauca, decidió crear la Asociación Casita de Niños  para cuidar y educar sus infantes de acuerdo a la cultura afronortecaucana.  Este proceso inició con las uñas, como todo lo grandioso que se ha construido en esta región, y logró sostenerse y crecer paso a paso a tal punto que hoy en día es considerada una experiencia pionera en materia de educación inicial y de etnoeducación afrocolombiana. En el año 2007 el grupo de fundadores recibió el Premio Alejandro Angel Escobar en la nominación de Solidaridad por el ejemplar proceso adelantado en pro de los derechos de la infancia afrocolombiana. Se trata de una experiencia que se alimenta de los saberes y prácticas de crianza que estas comunidades preservan de su herencia africana, así como de sus procesos de intercambio cultural.  Sus maestras son egresadas de la Casita que hoy en día recuerdan con profunda gratitud las lecciones de vida que recibieron cuando eran apenas unas chiquillas.

La Casita de Niños es una casa abierta, sencilla y muy parecida a las de las familias de la zona, donde los niños y las niñas aprenden de las plantas que curan el dolor de cabeza, de las historias de los abuelos que los visitan a diario y de la siembra del plátano.  Allí reina el mundo de la infancia y la cultura afro de la comunidad,  se bailan las fugas y se oyen los violines antiguos interpretados por los mayores.     

En diciembre del 2014 Casita de Niños cumplió tres décadas de existencia. Treinta años equivalentes a varias decenas de generaciones de profesionales, líderes y docentes que pasaron por este camino en el cual forjaron su sentido de pertenencia, identidad y aprecio comunitario.

Los expertos en estos temas insisten que la educación durante los primeros años de vida es el pilar de todo el proceso de escolarización que viene luego. Es en esta etapa, según sus opiniones,  cuando se aprende a vivir con los otros y con uno mismo, es decir se adquiere  la esencia de lo moral y lo social.

La comunidad de La Balsa entendió muy bien que educar a los más pequeños es una labor trascendental que no se puede delegar en extraños y que debe hacerse de acuerdo con la cultura a la cual pertenecen los niños y las niñas. Ahora que ha pasado suficiente tiempo de poner en práctica esta sencilla y profunda convicción, Casita de Niños tiene mucho que enseñarle a una sociedad que tiene cuentas pendientes en materia de derechos de primera infancia.

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http://revistas.pedagogica.edu.co/index.php/PYS/article/view/782