viernes, 20 de octubre de 2017

La memoria del conflicto como justicia curricular en la Universidad

A la mamá de Pedro no le gusta hablar mucho de cuando vivían en Puerto Merizalde y casi siempre dice: “no hay mal que por bien no venga, vea nosotros salimos corriendo asustados y pensando que se nos acababa la vida, pero a la larga la vida nos mejoró aquí en Popayán y ya después de tantos años cuando uno ya ha levanta'o cabeza, ya no mira pa'trás y agradece a mi Dios por todo lo bueno”.

La familia de Pedro salió desplazada a comienzos de este sigo debido a las matanzas y presiones que los grupos armados ejercieron sobre campesinos, indígenas y comunidades afrocolombianas en esa orilla de mar y montaña que conocemos como la región del Naya. El padre de Pedro murió en medio del fuego cruzado y no tuvo la oportunidad de ver crecer a sus hijos menores.

Han pasado quince años desde el día en que Pedro, su mamá, una tía y dos hermanas llegaron a dormir en un albergue al sur de la ciudad. Huían de todo lo que les recordaba el horror de lo vivido, huían de la guerra que sucedía en un país que no sabía que tenía una guerra. Sus nombres y apellidos se encuentran en las listas de las personas que figuran como víctimas del desplazamiento forzado en Popayán. También hacen parte de la base de datos de las familias que lograron una casa con el programa que el gobierno de Santos puso en marcha.

Pedro es el primero de su familia extensa, materna y paterna, en llegar a la Universidad, así que es una especie de símbolo para las varias generaciones de agricultores, pescadores, campesinos, aserradores de selva y comerciantes de madera que no pudieron ingresar a la escuela, pero aspiran a que sus hijos si lo hagan.

La familia de Pedro es alegre y unida y han logrado en esta ciudad hacerse a un lugar. La mamá trabaja como cocinera en un restaurante muy concurrido en el centro de la ciudad y las hermanas son vendedoras de verduras y frutas en la galería de la calle 13. La mayor de ellas tiene 25 años y convive con un paisano de Timba con quien tiene un hijo de seis años. La otra hermana es la menor, tiene 18 años y estudia grado noveno en un colegio cerca a su casa en Lomas de Granada.

Cuando llegó la hora de escoger la carrera que seguiría en la Universidad, la familia insistió en que lo mejor era estudiar para ser maestro y asegurar de ese modo un empleo estable. Pedro cursa actualmente quinto semestre en la universidad pública y a pesar de su entusiasmo por el estudio, pasa muchas dificultades para solventarse el transporte y los gastos en fotocopias y trabajos escritos.

Hace unos meses en uno de sus cursos de licenciatura, Pedro tuvo que preparar con dos compañeros más, una exposición sobre la pedagogía y la educación para la Paz. Investigaron en internet algunas cosas y se decidieron por una lectura de un autor español que propone unas estrategias para llevar la educación para la paz al aula. El esmero del grupo se plasmó en las doce diapositivas sobre las consecuencias de las dos guerras mundiales en las sociedades europeas y la importancia de hablar sobre esos sucesos en la escuela para que las nuevas generaciones no repitan los mismos errores. Los compañeros y los profesores de Pedro no conocen su historia, en parte porque él siente temor que lo asocien con los grupos armados.


Labrar la memoria del conflicto colombiano seguramente es una de las grandes tareas que nos queda en las Universidades del siglo XXI. Quienes han investigado en este ámbito de la violencia saben muy bien que producir memoria sobre el dolor de la guerra es una labor de largo plazo. Con el paso del tiempo es posible superar la emocionalidad traumática de lo vivido y comprender los eventos. Con el paso de los años todo parece más claro, incluso para quienes en condición de víctimas viven la doble situación de querer olvidar y reclamar la verdad.

En regiones como el Cauca tenemos un compromiso enorme con la producción de la memoria política del conflicto que durante todo el siglo XX definió la historia de comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas y de pobladores urbanos. Y en ese sentido, la Universidad puede promover desde su hacer cotidiano en las aulas lo que el autor catalán Jurgo Torres (2011) denomina la “justicia curricular”, que no es otra cosa que poner en el centro de lo que se enseñanza nuestra propia historia social y cultural entendiendo que, durante mucho tiempo, hemos puesto en el centro de la enseñanza la historia de otros que consideramos trascendentes e importantes y con de este modo hemos silenciado conocimientos sobre nuestro devenir. La justicia curricular invita a descolonizar la memoria colectiva y cosechar la memoria de los pueblos que no han contado su versión sobre los hechos, este el caso de las comunidades y grupos que durante cuatro décadas sufrieron y padecieron las múltiples violencias que suscitó el conflicto por el control territorial en muchas regiones de Colombia, como la tierra de donde viene desplazada la familia de Pedro.

La construcción de la Paz que ahora mismo ocupa al estado y la sociedad colombiana depende en gran medida de lograr el compromiso con la verdad, la justicia y la no repetición. Estos ideales se recogen de modo emblemático en la propuesta de acciones para la dignificación y la reparación de las víctimas. En la Universidad podemos contribuir de modo muy importante con este proceso siempre y cuando podamos reconocer las marcas del conflicto en muchos de los miles de estudiantes que acuden a diario a las Facultades. 

La justicia curricular puede ser un buen camino  para una sociedad que termina un conflicto violento y da el paso histórico de perdonar y producir verdad sobre lo sucedido.  Se trata de una delicada tarea artesanal que demanda cientos de horas, mucha sensibilidad hacia el dolor del otro y una gran empatía moral con las víctimas. Eso es algo que podemos cultivar diaria y cotidianamente en la Universidad, la que transcurre en las aulas y en los espacios formativos, en las paredes y en los anuncios institucionales. Es tal vez un modo concreto de iniciar la educación superior del posconflicto, aceptando que muchas de las víctimas son nuestros compañeros en la cafetería o en el auditorio donde se realizan las grandes conferencias.


Bibliografía

Centro Nacional de Memoria Histórica (2013) ¡Basta Ya! Colombia: Memoria de guerra y dignidad.  Informe general Grupo de memoria Histórica. Colombia, Bogotá: Imprenta Nacional.

Torres Santomé J. (2011) La justicia curricular. El caballo de Troya la cultura escolar. España, Madrid: Ediciones Morata





martes, 5 de septiembre de 2017



El santo oficio de prohibir

Elizabeth Castillo Guzmán

Septiembre de 2017



Hace 28 años Colombia recibió la visita el Papa Juan Pablo II. Su llegada se convirtió en un poderoso calmante espiritual ante las tremendas circunstancias de violencia política que se vivía en muchas regiones y ciudades. Para entonces el Cauca era una región convulsionada por la presencia de guerrillas y grupos armados que le habían convertido en “zona roja”. Campesinos, indígenas y comunidades negras habían comenzado desde décadas anteriores, trascendentales procesos organizativos que reivindicaban el derecho a la tierra, la educación y la cultura, en un departamento con fuertes rasgos de feudalismo.



En el norte del Cauca, el CRIC promovía desde los años setenta la recuperación de las tierras de resguardo y el empoderamiento de las comunidades, por esta razón se convirtió en enemigo de la clase terrateniente y muchos de sus líderes fueron víctimas de persecuciones y asesinatos, como el del  sacerdote Alvaro Ulcué Chocué ocurrido en 1984. El querido Nasa Pal, como se le conocía, lideró junto con los cabildos de Toribio, Tacueyo y San Francisco un importante proceso organizativo, cuyos herederos fueron reconocidos a finales del siglo veinte, como maestros de la sabiduría por parte de la Unesco. Así las cosas, la visita del Papa a Popayán representaba un acontecimiento central en la confrontación de dominio terrateniente que vivían las poblaciones en su relación con la clase política y el orden gubernamental del departamento.



Popayán recién se recuperaba del terrible terremoto de 1983 que dejó trescientos muertos, más de diez mil damnificados y gran parte de su patrimonio colonial destruido. Vino entonces la oportunidad de ser ciudad anfitriona de la visita del máximo jerarca de la iglesia Católica y el 3 de julio de 1986 se vistió con su mejor gala para la peregrinación papal. Dos indígenas, Camilo Chocué y Guillermo Tenorio fueron escogidos por el clero local, para intervenir en la liturgia que tendría lugar hacia el mediodía, en un sitio a campo abierto. Un evento alteró el libreto previsto para la celebración litúrgica. En medio de la celebración, y mientras Tenorio leía el mensaje que los pueblos indígenas habían preparado para denunciar la tremenda situación de abandono y opresión que vivían en la región,  el sacerdote Gregorio Caicedo arrebató el micrófono al indígena porque estaba dando a conocer una versión “no autorizada”, cuyos apartados más fuertes habían sido borrados por el comité encargado de revisar los documentos que se leerían en la vista papal. Juan Pablo II se acercó y abrazó al joven indígena diciéndole que le pediría después que leyera lo que había hecho falta leer de su “carta prohibida”.

 

Tenorio, que en aquel entonces tenía 38 años y había sido formado en el proyecto Nasa de la mano del padre Ulcué, dio a conocer al mundo católico de todos los continentes la reclamación indígena por la larga historia de evangelización y despojo. Tenorio había comenzado su lectura con el siguiente texto:



"América india, de modo especial las comunidades indígenas de Colombia y este pueblo que hoy se ha congregado, se alegra con su presencia y le presenta una calurosa bienvenida al que camina por el mundo con la paz de Cristo, a Su Santidad Juan Pablo II.



Su visita es una voz de aliento. Las comunidades indígenas apreciamos su palabra y su compañía. Ya en México, Ecuador y Perú, ha tenido la oportunidad de conocer la situación de las comunidades indígenas de América y nosotros en Colombia,  al igual que en todo el territorio latinoamericano, queremos que su voz se haga sentir, que su presencia manifiesta claramente su compañía y que sus mensajes lleguen a todos clamando: el respeto por la dignidad de los pueblos, y a solución a las situaciones y necesidades por encima de los intereses económicos.



Dentro de pocos años estaremos celebrando los 500 años de la llegada del conquistador a nuestras tierras. Muchos hechos han pasado y han dejado huellas en el destino de nuestros pueblos; para nosotros los indígenas ha sido un vuelco total en nuestra historia. Cumplimos 500 años de una historia hecha del silencio, del dolor, del desprecio, de la marginación y del martirio desconocido porque es martirio de indio. Contamos con una historia de lucha que ha sido de vida o muerte para nuestra cultura. Muchos hermanos han sucumbido frente a la agresión sin piedad del conquistador y muchos nos hemos mantenido en pie".



Colombia recibe por estos días la primera visita papal en este nuevo siglo. Hemos pasado por trágicos sucesos durante estas últimas décadas. Recién Mocoa quedó arruinada a causa de la desidia gubernamental para esta parte del país. La crudeza de la guerra que recién término, dejó más de ocho  millones de víctimas reconocidas oficialmente, entre quienes se cuentan  familias desplazadas, viudas, huérfanos, secuestrados, familiares de personas asesinadas, desaparecidas y falsos positivos, mujeres, homosexuales y transgeneristas abusados sexualmente,  mutilados por minas antipersonales y torturados.


Con una débil esperanza en el cumplimiento de los acuerdos de La Habana y una paz amenazada por la corrupción y las ideologías de extrema derecha, el país se viste de colores sacros para atender a Francisco I. Villavicencio será el lugar del encuentro del Papa con las víctimas. Ojalá las cartas prohibidas sean cosa del pasado y esta vez las víctimas puedan hablar y denunciar el horror que han vivido, para que los cerca de mil doscientos millones de devotos seguidores de Cristo y su iglesia se comprometan solidariamente con su causa.




martes, 7 de junio de 2016

Las razones de la Minga desde la orilla de la ciudad





El marido de Ana Cecilia no pudo más con las deudas, y no consiguió quien le prestará más plata para seguir sembrando café, así que decidió que lo mejor era irse para Bogotá donde su primo, a trabajar en construcción y ver si de ese modo salía del atolladero. Le dijo a su mujer que empacara la ropa y algunos trastos, y se fue a finales del 2.013 en un bus rumbo a La Plata, sin saber que su vida cambiaría de modo irreversible. Salieron él, su mujer y sus tres niños, buscando al igual que muchos otros un mejor porvenir.

Clímaco es un indígena nasa sobreviviente de la avalancha de 1.994. Tenía 17 años cuando su resguardo quedó convertido en lodo, y se tuvo que ir a vivir en los límites entre el Cauca y el Huila. Terminó de hacerse adulto en esas nuevas tierras, aprendiendo el trabajo del café y los asuntos del Cabildo. Conoció a Ana Cecilia en el 2.000, y entonces se juntaron para compartir alegrías y tristezas, en ese lazo que se teje sin preguntar mucho del otro, y asumiendo que todo se va arreglando por el camino.
Andrés, su hijo mayor, nació en el 2.001 en el territorio de los nuevos resguardos que se crearon luego de muchas penurias y reclamaciones de comunidades cansadas de vivir como alma en pena, deambulando de finca en finca, entre el recuerdo de lo que se llevó el río y el anhelo de una tierra que no volviera a ser devorada por la bravura del volcán. Ana Cecilia también es una indígena nacida en el antiguo resguardo de Talága, y como su marido, creció con esa generación marcada por el destierro, y la desventura de llegar a lugares donde no gustan de los “indios”, como ella misma dice.
Después de que nació Andrés, a los dos años llegó otro varoncito que se llama Miguel. Ambos crecieron laboreando en el terreno que el Cabildo le asignó a Clímaco, para sembrar comida y sacar otro producto para el sustento diario. Pasaron los primeros años de este siglo, y vino la crisis del café, entonces Clímaco empezó a sentir el peso de una economía global que caía sobre sus hombros, recortando cada semana los recursos para conseguir arroz, aceite y los insumos para los cultivos. Sus hijos se fueron estirando, y vino en diciembre el nacimiento de la niña, como un regalo navideño del 2.011.
La familia sobrevivía con los apoyos de una comunidad organizada, y un Cabildo que gracias a las luchas del CRIHU había logrado salud y educación propia para sus comuneros. Andrés y Miguel iban a la escuela bilingüe que se creó en el resguardo para tratar de recuperar un pensamiento y una lengua que se iba con los años, al igual que los recuerdos del terruño que se quedó erosionado en Tierradentro después de la tragedia del 94. Lizeth iba a cumplir año y medio, cuando llegó el paro cafetero del 2.013.
La situación era tan grave que hasta los campesinos que nunca habían salido a marchar, se pusieron su poncho, su sombrero y pisaron el asfalto para protestar contra un modelo que les robó los sueños de envejecer cosechando el preciado grano que tanto les gusta en el exterior. El Cabildo dijo que había que participar del paro, pues la comunidad pasaba muchas dificultades con eso de la venta del café a unos precios que no devolvían ni siquiera el costo de sacar la cosecha hasta La Plata. El país se aterró, algunos como siempre sentados en sus cómodas sillas citadinas juzgaron y satanizaron esta protesta. Otras gentes, solidariamente entendieron que el país agrario enfrentaba las duras consecuencias de un modelo de mercado que golpea lo que se produce en casa y enriquece a los que importan alimentos malsanos.
A pesar de los acuerdos firmados, Clímaco sintió que no podía más y decidió irse a probar suerte. En noviembre del 2.013 se fue a una ciudad que aterraba desde las ventanas del bus, en el que viajo 10 horas hasta el terminal de transporte de Bogotá, a donde llegó con $100.000 en el bolsillo, tres cajas con ropa, y un costal con plátanos, fríjol y dos kilos de maíz.
Su primo le tenía un trabajo como mezclador de cemento, y una pieza para acomodarse por unos días, en una casa de inquilinato en el barrio San Cristóbal, donde viven muchas familias indígenas en situación de desplazamiento forzado o migrantes de la desesperanza rural.
Clímaco empezó a trabajar de inmediato, mientras Ana Cecilia se inventaba un hogar en cinco metros cuadrados, con un colchón viejo y apenas unas cobijas para batallar con la temperatura de la madrugada. Ella, como pasa casi siempre con las mujeres en situaciones como esta, salió a recorrer el barrio, entró a las tiendas a comprar pan y leche para sus hijos, y se fue enterando de las coordenadas que ayudan a sobrevivir en el imperio del asfalto. Supo entonces que debía buscarles colegio a los hijos, y se fue al Cadel para informar que eran indígenas y necesitaban un cupo para el 2.014. También supo que en la ciudad se roban los niños y los ponen de mendigos, y entonces entendió el lenguaje de la desconfianza en el prójimo.
Llegó la algarabía de diciembre y todo se hizo más llevadero, como si de pronto el fin de año trajera la esperanza abrazada con las fiestas y las luces intermitentes. Clímaco logró con su ingreso de $500.000, alquilar medio piso en una casa donde vivían unos paisanos de Pitalito, y entonces supo que su mujer podría trabajar lavando botellas, un negocio que le permitía cuidar a la niña más pequeña, y atender los quehaceres del hogar. Ya sabían que en el colegio a donde irían sus hijos tenían comida y unos programas de refuerzo hasta las cuatro de la tarde, así las cosas, Ana Cecilia tendría tiempo para conseguir el dinero que faltaba para comer en las noches y pagar el alquiler cada mes.
Andrés cursaba grado sexto con muchas dificultades. Su hermanito estaba llegando a los diez y lo habían matriculado en grado tercero porque no sabía leer bien. Para el mes de mayo la vida familiar se había estabilizado, papá y mamá trabajaban mucho y ganaban poco, pero sobrevivían cada mes. Lizeth iba a un centro infantil para indígenas, donde permanecía desde las 8 de la mañana hasta las cuatro de la tarde y donde le enseñaban historias y canciones en Nasa Yuwe – la lengua materna de sus abuelos-. De este modo, Ana Cecilia podía dedicar toda la mañana a la dura tarea de organizar y lavar envases de vidrio, lavar la ropa de su marido y sus hijos, limpiar la casa y preparar los alimentos de la noche. Su jornada empezaba muy temprano en la madrugada y terminaba hacia las 10 de la noche.
Entonces empezaron los problemas de Andrés en el colegio. La profesora se quejaba por su bajo rendimiento, e insistía en que ese era el problema con los niños que “venían de esas zonas donde la educación era tan mala. Andrés y Miguel llegaban del colegio hacia las cuatro y media de la tarde, y se ponían a lavar botellas, pues la meta era lograr los $ 15.00 diarios que daban por el centenar limpio y empacado a las 7 de la mañana del siguiente día. Sus jornadas terminaban después de las 9 de la noche, cuando pasaba el señor que administraba este negocio del que vivía la mitad de ese barrio, y contaba sigilosamente todos los envases que iba a recoger al siguiente día. No había tiempo para tareas ni cosas de esas, tampoco televisión para entretenerse mientras pasaban esas tediosas tardes entre envases de cerveza y gaseosa.
Andrés cumplió los trece años en noviembre del 2.014 y a los pocos días le anunciaron que había reprobado casi todas las materias, y entonces le tocó repetir el mismo grado. La coordinadora del colegio les advirtió que si no aprobaba el grado, ya no tendría cupo en la institución, pues era una norma que nadie hacía un mismo grado más de dos veces, y que además el muchacho prácticamente era un estudiante en “extraedad”, como se denomina despectivamente a quienes no se ubican de forma precisa en las tablas que establecen la relación entre edad biológica y gradualidad escolar.
El muchacho seguía su rutina escolar en el 2.015. Pasaba malos ratos porque no tenía amigos, y se sentía viejo en medio de tantos niños de diez y once años. La vida de su familia seguía una rutina fija, incluidos los fines de semana cuando trabajaban lavando botellas desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde. Los domingos el padre descansaba de su trabajo, y salía con ellos al parque del barrio a dar una vuelta y llamar a los familiares que seguían en el resguardo. Las cosas sólo se alteraban cuando la niña se enfermaba, y entonces había que llevarla al hospital y enfrentar el enrredo por estar afiliados a la AIC, la empresa de salud indígena a la cual estaban vinculados Clímaco y los suyos, pues a pesar de estar en Bogotá, seguían censados en su territorio y el Cabildo vigilaba que su servicio de salud estuviera activo. A Clímaco y su mujer no les llamó la atención afiliarse al sisben, y entonces cuando Lizbeth se enfermaba de los bronquios, cosa que pasaba casi mensualmente, volvía el problema y las frases de las funcionarias: “ustedes ya no son indígenas, ya están aquí hace varios años, y deberían ayudarse un poco, salirse de esa EPS indígena y afiliarse como todos a Salud Capital”. Así eran muchas de las cosas que les pasaban en esa ciudad donde Andrés y su hermano no habían podido conocer sino el barrio donde vivían, la escuela donde estudiaban, y el hospital a donde iban cuando se ponían enfermos del estómago o de fiebre muy alta.
La suerte no se puso del lado de Andrés, y reprobó su segundo turno en grado sexto. Ese diciembre fue muy triste porque les negaron la matrícula del muchacho. Miguel iba débilmente respaldado por su maestra para grado quinto, pero con serias amenazas de fracaso. El panorama era muy duro, porque desde hacía un tiempo Clímaco se quedaba sin trabajo durante una semana entera, entonces todo se ponía mal en la casa, había peleas, y Ana Cecilia lloraba en las noches, y amanecía rabiosa con todos.
Llegó el 2.016 y Andrés se quedó sin poder estudiar. Entonces no tuvo más que hacer que quedarse en la casa ayudando a lavar botellas desde la mañana hasta la noche. Su papá dice que no le va a dar más estudio, y que lo mejor es irle buscando trabajo de ayudante de obra en alguna de los proyectos que se están haciendo cerca de la autopista sur, donde hace cuatro años Andrés vio por primera vez esta ciudad que aún no reconoce.

Andrés quiere volver a su resguardo. Extraña a su abuela y a Elvia, su maestra de habla pausada, que le enseñaba historias del trueno y Juan Tama.

La Minga se levanta en el suroccidente de este país de despojos y valerosas luchas, y reclama para que los indígenas y los campesinos no tengan que salir de sus territorios como Clímaco y su familia, para que sus hijas e hijos crezcan dignificados, y sobre todo para que tengan derecho al “buen vivir”.

domingo, 27 de marzo de 2016

Más allá de la interculturalidad "académica”


La agudización del conflicto interno en Colombia durante las últimas tres décadas, produjo un cambio radical entre las poblaciones que habitaban los territorios sobre los cuales se configuró la Constitución Multicultural de 1991. Tantos años  de megaproyectos y destierros forzados han puesto a comunidades indígenas y afrodescendientes, en el frío pavimento que desconoce su dignidad de culturas ancestrales. 

Las estadísticas son contundentes, en Bogotá, Medellín y Cali la presencia "étnica" se ha triplicado en este primer paso del siglo XXI. Les llaman “desplazados”, y luchan como pueden y con lo poco que tienen, por sus derechos culturales en medio de una sociedad que no entiende porque no se " integran y se adaptan" a las formas de vida de las mayorías mestizas.

Comunidades negras desterradas de sus territorios colectivos, mujeres indígenas amenazadas, autoridades y sabedores presionados por el poder de la minería armada, son los y las grandes protagonistas de este nuevo capítulo de nuestra historia que combina resilencia y valentía.

Más allá de los debates académicos y teóricos sobre los usos y abusos de la noción de "interculturalidad", desde mediados del siglo XX pensadores, docentes y líderes de los movimientos indígenas y de las colectividades de la negritud, plantearon en Colombia la imperiosa necesidad de abrir las compuertas de la escuela monocultural y enseñar en sus aulas sobre su verdadera historia, no como pueblos vencidos, sino como pueblos que resistieron y reinventaron la vida en medio de la tremenda y larga experiencia colonizadora y esclavizadora. Ya sabían ellas y ellos que algo había que hacer para que la enseñanza de las ciencias sociales se pusiera de parte de la justicia histórica. Sus propuestas representan los primeros pasos hacia una idea propia de educación intercultural para la sociedad mayoritaria. Sin lugar a dudas se anticipaban a teorías y enfoques que hoy hablan de la justicia cognitiva y del currículo justo. Sin embargo se olvida con frecuencia de donde vienen las grandes ideas y en este caso creo necesario recordar en voz alta que hace cuatro decenios se nos planteó una tarea educativa inminente: erradicar los prejuicios y los estigmas que proliferaron en libros de texto y cartillas escolares acerca de los indígenas como salvajes, y los afrodescendientes como “esclavos” perennes. Desde finales de los años setenta del siglo pasado se plantearon propuestas curriculares para llevar a las aulas un conocimiento cierto sobre nuestro devenir como nación diversa, con raíces que juntaron lo indígena y lo africano.

Hoy día cuando el drama del racismo y la discriminación se hace notoriamente doloroso en las aulas de escuelas citadinas y nos enteramos que niñas y niños sufren a diario los estragos de esta vieja patología social, debiéramos revisar la historia y reconocer que mucho antes que fuera tan famosa en libros y congresos, la interculturalidad ha sido un viejo reclamo en esta nación de olvidos ilustres.
 
Dos evidencias que ratifican lo ya dicho: el reclamo en 1977 de Manuel Zapata Olivella sobre la necesidad de incluir en el currículo oficial la enseñanza de la historia africana. Un año después, 1978, la promulgación del decreto 1279 resultado de la lucha de los indígenas arhuacos contra la misión Capuchina y de todo un movimiento comunitario que dejó planteada la necesidad de enseñar la historia y cultura de los pueblos indígenas contemporáneos.

Bogotá produce frecuentemente reportes de prensa sobre estos asuntos “interculturales”. A veces son buenas noticias, a veces son tristes noticias.

Mientras las organizaciones y los movimientos étnico-raciales mantengan su lucha contra el racismo, la discriminación y la invisibilidad, creo que estamos ante una postura política y radical sobre la interculturalidad, al fin y al cabo es un asunto histórico no resuelto, razón por la cual deberíamos tramitralo en clave de derechos humanos.




domingo, 13 de marzo de 2016

La Justicia de la Memoria, la Memoria de la Justicia






En 1994 Sudáfrica eligió a Nelson Mandela como su presidente. Un año después  el arzobispo Desmond Tutu estableció como lema para la historia de esta nación: "Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón". Se instalaba la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación  en Sudáfrica para investigar los eventos criminales sucedidos durante tres décadas de apartheid (1960- 1993). La Comisión tenía la tarea preparar un documento sobre las graves violaciones de derechos humanos, emitir recomendaciones e incluso conceder amnistías. Las lecciones que Sudáfrica aprendió en ese doloroso y valiente proceso le han dado la vuelta al mundo. Representan un emblema que fue llevado a las tablas magistralmente en la obra “Ubú y la comisión de la Verdad”.

Sólo un hombre como Mandela con una memoria de tres décadas de conflicto racial, persecuciones y encarcelamiento, supo la urgencia de la verdad como inicio de la paz.

Al  final de cada guerra viene el largo proceso arqueológico de la memoria. Excavar datos, nombres, imágenes, rostros, fechas, olores, lugares, recuerdos etc. hasta completar ese terrible rompecabezas que explica el horror de los actos violentos, sus actores y sus víctimas -hombres y mujeres desarmados en su frágil civilidad-

Los y las sobrevivientes al holocausto Nazi iniciaron estas batallas por la memoria como justicia. La atroz xenofobia contra el mundo judío no podía ser olvidada, mucho menos sus centenares de víctimas. La memoria del siglo XX había cambiado para siempre, el mito fundacional de occidente se habría alterado de modo irreversible y los duelos serían largos e interminables.

En el tiempo de las dictaduras militares en el cono sur surgieron los militantes de la memoria política. Ellas y ellos -muchos de los cuales habían perdido un compañero, un hijo, una hermana, una vecina- propusieron politizar los recuerdos como una forma de dignificar la memoria de quienes sufrieron injustamente la persecución, la tortura y la desaparición forzosa. Se tomaron los congresos académicos, las calles, los lugares, la música, el teatro y el cine. La mayoría de exiliados militaron contra el olvido incansablemente. En Santiago y en Buenos Aires nadie olvidaba, nadie quería olvidar. Las Madres de la Plaza de Mayo emergieron como un icono moral para América Latina. La memoria se convertía en este continente de olvidos e historias domadas, en un derecho político.



En abril de 2013 la Ruta Pacífica de Mujeres le entregó al país los resultados de una comisión de la verdad, narrada y escrita dolorosamente por cerca de mil mujeres víctimas del conflicto armado en Colombia. Bajo el título “Memoria para la Vida. Una Comisión de la Verdad Desde las Mujeres” hilvanaron los testimonios de madres, abuelas, viudas, hermanas, compañeras, amigas, huérfanas, tías y esposas para darle forma a la verdad que reposa en las ausencias, los miedos, los recuerdos, las preguntas, la rabia, la terquedad, la ansiedad, la desesperanza y los sueños de cada una de las miles de mujeres que perdieron en la guerra una parte de su existencia y decidieron poner su lado sobreviviente en la lucha por la verdad, la reparación y la no repetición. “Memoria para la Vida” no es un libro, es un acontecimiento multivocal y sentipensante en el que 932 mujeres víctimas de violaciones de derechos humanos convergen para hacer justicia a la memoria y producir memoria para la justicia.

En la presentación de su libro Desterrados, Alfredo Molano, ese escribano de los colombianos de a pie, afirma enfáticamente que en Colombia necesitamos dejar de investigar tanto a la gente y más bien escuchar lo que tiene que contar. Él sabe bien que no hay un solo camino en esta nación de montañas, costas y valles,  donde no sobreviva al menos un recuerdo de sesenta años de violencia armada y política. Por eso su literatura es un conjunto de piezas de contienen la memoria larga de un luto colectivo que lleva más de medio siglo. 

Hablar el duelo se convierte en un acto de reparación cuando quien escucha es respetuoso y solidario con las emociones contenidas en la palabra de quien narra su sufrimiento. Palabras que reclaman dignificación y verdad.

Producir memoria escrita sobre el duelo de centenares de mujeres víctimas de este largo y sangriento conflicto, es hacer de su experiencia un ejemplo para la historia de una nación acostumbrada a llantos silenciosos y entierros anónimos. También es un camino ejemplar para aprender sobre las reparaciones morales y simbólicas que se requieren tanto en la vida cotidiana.

La Comisión de la Verdad de la Ruta Pacifica de Mujeres es un hito en la historia de los procesos de reconciliación en Colombia. Es un primer paso sobre el cual tenemos mucho que aprender. Ellas han demarcado el debate sobre la verdad  con un sello de género que planeta la urgencia de una verdad  que tenga en cuenta los impactos en las mujeres y reconozca sus voces y experiencia, que sea parte de una memoria colectiva y no solo un estudio académico de la experiencia de las mujeres víctimas

En el 2009 la maestra Beatriz González hizo tributo a los muertos sinnombre de un siglo de violencias. En el viejo y olvidado pabellón de los NN, del cementerio central de Bogotá, su arte instaló 8.957 Auras Anónimas en los columbarios de las víctimas que deambulan en el olvido desde la guerra de los mil días hasta hoy. Con su arte de la memoria es infatigable en la lucha contra el olvido. Ella que sobrevivió a las oscuridades laureanistas tiene la sensatez en su estética, la sensibilidad en sus recuerdos. 

Todas ellas, han hecho de la verdad un acto de justicia y de reparación que dignifica a las víctimas y a sus familiares.   

Estas escribanas y artesanas del duelo hacen justicia a la memoria y producen memoria para la justicia.

Ojalá que estas lecciones no queden olvidadas o silenciadas en la hora cero de los acuerdos de La Habana.